En una granja rodeada de prados verdes y flores silvestres vivía Maya, una niña con unos ojos tan brillantes y verdes como el propio prado. Siempre llevaba una gran sonrisa y una energía que llenaba la granja de alegría.
Pero lo que hacía a Maya aún más especial era su mejor amigo: un patito amarillo llamado Quillo. Dondequiera que Maya iba, Quillo la seguía con un alegre «cuac, cuac».
Cada mañana, Maya corría descalza por la granja, saludando a las vacas, acariciando a los conejos y recogiendo huevos en el gallinero. Pero su rincón favorito era el gran árbol que se alzaba en medio del campo de flores. Allí se sentaba con Quillo, imaginando formas en las nubes. «Mira, Quillo, esa nube parece una mariposa,» decía mientras el patito asentía como si entendiera.
Un día, mientras paseaban cerca del establo, Maya encontró un cartel clavado en una cerca de madera. En él había una adivinanza que decía:
«Suaves como algodón, dormimos en el prado,
Con lana calentita, siempre estamos a tu lado.
¿Quiénes somos?»
Maya miró el cartel con curiosidad, y sus ojos verdes brillaron con emoción. «Quillo, ¿qué crees que puede ser?» preguntó mientras el patito ladeaba la cabeza.
«¡Ya sé!» exclamó Maya, corriendo hacia el campo de ovejas. Allí vio a una ovejita blanca como una nube, pastando tranquilamente. Maya se acercó con cuidado y le dijo: «¡Eres tú, ovejita! ¡Eres suave como algodón y duermes en el prado!»
La ovejita baló, feliz de que Maya hubiera resuelto el misterio. Maya rió y acarició al animal, mientras Quillo daba vueltas a su alrededor.
Al anochecer, Maya decidió celebrar su pequeño triunfo con una fiesta para todos los animales de la granja. Las gallinas cacareaban emocionadas, los conejos brincaban, y la ovejita era la invitada de honor. Maya preparó pastel de zanahoria y bailó con Quillo bajo la luz de las estrellas.
Desde ese día, Maya y Quillo empezaron a buscar nuevas adivinanzas escondidas en la granja. Y si alguna vez visitas ese lugar mágico, seguro te invitarán a unirte a la diversión. Porque con Maya, las aventuras nunca terminan.
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